PUBLICAR UNA NOVELA HISTÓRICA

Claves para una buena edición.

La tremenda carga histórica de nuestra nación ha dado lugar a verdaderos especialistas en novela histórica que han hecho y hacen las delicias de los amantes de este subgénero en los cinco continentes. Si bien el cine no ha tratado con justicia la profusa y rica historia de España, son muchas las novelas de esta naturaleza que han abordado con rigor casi científico los avatares de conquistadores, reyes, aventureros y guerreros españoles en todos los confines del mundo. Desde Australia hasta Carolina del Norte, los españoles han dejado una imborrable huella histórica que aunque el superproductivo cine norteamericano haya obviado, los numerosos autores de novela histórica han sabido plasmar en el papel sagrado de los libros.

Desde Pérez Galdós hasta Pablo Victoria han sido muchos los autores españoles e hispanoamericanos que ha rebuscado en los confines de la historia hasta plasmar, de una manera amena y divulgadora, los avatares de un pueblo que ha sido capaz de escribir su propia historia, unas veces a golpe de pica y otras bajo la tinta de una pluma de pavo.

El hecho de que en la actualidad haya muchos escritores de novela histórica no quiere decir, ni mucho menos, que se trate de un género fácil de abordar. En absoluto, es muy posible que estemos ante uno de los textos más comprometidos y complejos de todos cuantos podamos acometer. El rigor histórico que debe presidir toda novela que aluda a nuestros ancestros más notables no es, en absoluto, fácil de conseguir y se debe en gran medida al tesón con el que los escritores de verdad emprenden la magnífica aventura de contar nuestro pasado.

Para empezar, el autor de novela histórica deberá beber en buenas fuentes. Para ello, las más de las veces deberá acercarse hasta los lugares donde tuvieron lugar los hechos, con la intención de captar la verdadera esencia de lo sucedido. También deberá documentarse hasta el extremo de dar a su obra un importante aporte científico que le aleje de la tentación de dejar volar su imaginación hasta lugares y acontecimientos que nunca tuvieron lugar. De la misma manera que un buscador de tesoros se pasa las mañanas escudriñando legajos en el Archivo General de Indias de Sevilla, el autor de una novela histórica deberá cotejas aquellos documentos que doten de veracidad a la narración que está a punto de comenzar. En realidad es lo mismo porque ambos, el aventurero y el escritor andan buscando un tesoro.

No solamente hemos de informarnos acerca de los acontecimientos pasados. Conocer aspectos de la vida cotidiana de la época nos llevará a no cometer los tremendos errores de siempre, como ver a un egregio conquistador levantando la bandera roja y gualda de la España actual al llegar a tierras americanas, en lugar de la Cruz de Borgoña de la época o leer cómo los arcabuceros disparaban plomo sin cesar en una época en la que la pólvora no tenía esos usos tan marciales aún.

Pero ¿cuánto de historia real y cuánto de argumento cosechado por el autor debe tener una novela histórica? Tremenda pregunta que seguramente no vamos a saber responder con suficiente precisión. Para algunos, una novela histórica debe contener, al menos, una cuarta parte de historia veraz y el resto de atrezo argumental sacado de la imaginación del propio autor. Esta quizá sea la más extendida de las proporciones. En cualquier caso, conviene decir que cuanto más veracidad mayor será la contundencia argumental y más valor concederá el lector a una novela histórica.

Por último, el autor debe tratar de no caer en el error más común de todos cuando escribe una novela histórica: Haber escrito un truño, una novela tremendamente aburrida, cansada hasta no poder más. No, el lector no se lo merece.